viernes, 16 de marzo de 2012
¡¡A comer!!
En el C.P.E.B de Cerredo comía en el comedor escolar (los primeros días lo pasé fatal, porque estaba acostumbrada a la comida de mi madre, como es normal) pero luego me encantaba. No solo la comida, si no también el ambiente. Teníamos unos grupos organizados de comedor, en el que cuando era tu semana de comedor, tenías que en el recreo poner las mesas (echando pestes por aquel entonces, por que lo último que te apetecía era en el descanso ir a colocar platos) y luego a la hora de comer servir la leche, cambiar los platos, poner el postre, ayudar a los pequeños a comer, después limpiar las migas y ya podías comer. Era genial por que si te tocaba servir al que te caía peor le ponías un buen vaso de leche y a tus amigas que no querían beber les manchabas el vaso para que pareciera que habían bebido, jeje. Lo que peor llevaba era ver a la gente comiendo mientras que mi estómago parecía una selva amazónica. Creo que no tengo ningún recuerdo en el comedor en el que no esté riendo. Nos pasaba de todo, que si uno decía una tontería y el otro que estaba bebiendo la leche te duchaba... Aunque parezca mentira ir al comedor es una buena forma de interaccionar con los compañeros, de ser más autónomo, de diversión. Nunca pensé que iba a tener tantos alicientes comer otra comida que no fuera la de mamá, aunque eso sí, los fines de semana en casa, le echaba morro al asunto y si mi madre me mandaba poner la mesa, decía: Que la ponga Carla (mi hermana) que yo esta semana entera he estado de turno en el comedor. Aunque esta escusa no colaba muchos findes seguidos, jeje.
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